Dr. Orlando Morales Matamoros
Ensayos: Historias

Dr. O. Morales: Índice

 

 

Derechos Reservados (© Copyright) Dr. Orlando Morales Matamoros 1997, omorales @ racsa.co.cr

Tigres, Leones y Unicornios.
  


1.- TENUES SOMBRAS EN LA MEMORIA

Al igual que en la epilepsia, los signos premonitorios de las convulsiones anuncian al afligido paciente que el ataque está por llegar, mi padre tomó la decisión de enviar a su familia, en ese entonces cinco hijos de los ocho que seríamos en total, a casa de sus suegros, antes de que reventara la conmoción social que se gestaba desde pocos años atrás, lenta , agresiva y que irremisiblemente, como en un ritual pagano, terminara en sacrificios humanos en un baño de sangre. Al igual que las crecientes del río de Las Ciruelas, las tormentas de la sierra saturaban la tierra, y ya pletórica de agua, se despeñaban en escorrrentías hasta el cañón del río. Un caudal de agua turbulenta, con olor a barro y presagio de desgracia, una cabeza de agua con troncos y piedras que a dentelladas destruía el puente de la carretera interamericana que los machos de la Public Road recientemente construyeron. Igualmente, los acontecimientos sociales fueron generando una presión interna alimentada por el calor de la prensa, intereses oligárquicos en disputa y la falta de control de la seguridad ciudadana.

Debo decir en honor a la verdad que recuerdo muy pocas cosas de mi niñez. Antes de entrar a la escuela, mi mente es un nebuloso vacío, unas pocas sombras de una realidad imprecisa que tenuemente se reflejara en el fondo de la caverna primigenia, iluminada por el fuego de una memoria distante que se rehusa salir a la luz. Pero hay un par de recuerdos, sencillos pero gratos, y de cualquier manera, lo único que veo con claridad, y una tercera experiencia existencial, que ha dejado una impronta permanente, algo así como esferas pitagóricas que no han cesado de girar por mucho tiempo y que ocuparon un gran espacio en mi memoria infantil, que condujo a una minusvalía de sentimientos y una reducción de mi felicidad. La primera, es verme corriendo a través de la Plaza Iglesias de Alajuela, para abrazarme con mi padre, en ese entonces Director de la Escuela República de Guatemala: alto, delgado pero fuerte, pelo negro rizado, de traje entero y ojos profundamente celestes. En ese entonces vivíamos en una de las casas gemelas, de madera y bahareque situada frente a la plaza, encontrándose la escuela, en el lado opuesto a la casa. Las casas han dado paso a una moderna construcción, pero la plaza y la escuela, en 50 años cambiaron de aspecto, pero no de lugar.

El otro recuerdo es de mi madre, quien hacia el anocher, al término de las tareas domésticas, cuando toda la familia se congregaba en el corredor de la casa de mis abuelos y sentado en un sillón de madera hecho por mi abuelo, cantaba un estribillo conocido de una canción para niños. Los otros no son propiamente recuerdos, sino lo que ha llegado a mi mente contado por los familiares sobre las travesuras infantiles: llenar de barro las perillas de las puertas de los vecinos, bajar frutas de los árboles de los vecinos, colgarnos de las compuertas de las "cazadoras" de aquel entonces, revolver el arroz con los frijoles en los sacos de los almacenes y las escapadas para ver la llegada del tren del Atlántico, puntualmente a las 6 de la tarde. Pero esos acontecimientos se dieron cuando vivíamos en otra casa y esas son cosas que puedo decir que no las recuerdo por formar parte del anecdotario íntimo familiar.

2. FUERA DEL OJO DEL HURACAN

Hubo que tomar el tren eléctrico al pacífico en la Estación de Alajuela hasta llegar a Ciruelas, donde se hacía trasbordo con el convoy que venía desde San José en ruta a Puntarenas. Eran esas grandes máquinas eléctricas negras, con un ronroneo poderoso, una red de tubos en el costado con una placa metálica que con orgullo ostentaba: AEG Berlín. Esa vez mi padre no viajó, sino que permaneció en la ciudad junto a mi abuela Ramona, persona de carácter rígido y principios victorianos, ligero bocio, muy blanca y rosada por la hipertensión y que nos crio, al dividirse la familia, con severa disciplina. Posiblemente viajamos con nuestra madre, quien muchas veces había hecho esta ruta entre Barranca y Puntarenas, en aquel entonces la única vía de comunicación entre el hogar citadino y la casa de los abuelos . Como todavía no existía la carretera interamericana, se tomaba el viejo camino desde la estación de Barranca hacia el norte, buscando las estribaciones de la Sierra de Tilarán hacia el Cantón de Montes de Oro. El camino en aquel tiempo era seguramente de tierra, ya que los medios de transporte eran el caballo y la carreta, tal vez un doble tracción ocasionalmente. Era frecuente ver las carretas cargadas, las pegas en los caminos y los bueyes con los hijares sangrantes ante el acoso del chuzo. Como caso anecdótico, yo fui el único miembro de la familia que nací en un Hospital, ya que mi abuela paterna quien era comadrona atendía los partos, y según siempre me han dicho, a mi madre Ester la sacaron en carreta cuando los estertores del parto anunciaban mi llegada. Lo cierto es que mi ombligo había quedado en el estero de Puntarenas, pero mi padre, orgulloso consignó en la fé de bautismo que era alajuelense y así ha quedado hasta la fecha.

En Barranca había que esperar en el sesteo de El Pochote, que en aquel tiempo parecía un almacén general del antiguo oeste o si se quiere un comisariato de las bananeras, puesto que tenía cantina, pulpería, tienda, artículos agropecuarios y cuanta cosa se necesitara. El camino hasta el Tigre de Montes de Oro, no sería muy largo, menos de 12 kilómetros y se hacía en un par de horas, ya que las bestias para los niños no eran de las mejores, y si con bueyes, se iba al paso de la carreta. La única parte emocionante era el paso del Río Naranjo, a través de un puente de madera pintado de negro, en las cercanías de aguas termales en la ribera izquierda del mismo río. Ese fue el mismo camino que recorrieron mis bisabuelos atenienses, José Arias Sánchez y Manuel Matamoros Ferreto junto con sus esposas a finales del siglo pasado cuando se desplazaron por el corredor al pacífico para poblar el cantón de Montes de Oro.

3.- DE COMO ASUSTARON EN EL TIGRE DE MONTES DE ORO

Todavía no había entrado a la escuela, pues tendría poco más de seis años pero si llega de mi memoria, mi tercer y vívido recuerdo, cuando al llamado de mis abuelos papá Héctor -Papeto- y mamá Espíritu -Mapito-, cerramos las puertas y ventanas cuando un piquete de civiles mal vestidos con algunas prendas militares bajó con gran algarabía y ruído de disparos. Al rato subió un vecino quien entre consternado e indiferente dijo: ¡mataron a Gualula! Guadalupe era el telegrafista de El Tigre de Montes de Oro, luego llamado San Isidro de Miramar, y que ejercía simultáneamente el cargo de la pequeña oficina de correos y autoridad del lugar.

Tal parece que a la consigna de tomar las telecomunicaciones, también tomaron la vida del telegrafista, al oponer resistencia. Al igual que sucedió en muchas otras partes y en diferentes ocasiones, a partir del hecho bélico, hubo una sustitución laboral de facto por los llamados revolucionarios que no sabían de qué se trataba la revuelta, pero que sí sabían volar bala y sabían quitar el puesto público a los demás. Así, el pueblito estrenó agente de policía y duró algunos días incomunicado mientras los nuevos inquilinos de la casita del correo aprendieron el manejo de la clave Morse.

Entre la casa de los abuelos y el centro del distrito habría poco más de 500 metros y apenas se oyeron unas descargas de maúser, de las que hicieron caja de resonancia una tropilla de monos aulladores de la quebrada de El Tigre. Después vino el silencio inquietante sólo roto por el ruido de un jeep destartalado, que con hombres vestidos de fatigas, patrullaba el camino, durante el día y la noche.

4.- RUMORES ¿TAN SOLO RUMORES?

Igual pasó a cientos de costarricenses, en un levantamiento tan desigual en que las fuerzas de gobierno dieron las bajas y los alzados las balas, si se toma en cuenta el desproporcionado número comparativo de muertos en ambos lados. Este fue un lamento que nunca fue investigado, así como tampoco la muerte en masa y quien sabe si no fosas comunes en la matanza de El Guarco, como de chiquillo se oía comentar preocupados, a los mayores. Lo que para algunos fue acto heroico, otros lo califican de cobardía: ¡Sabrá Dios o los historiadores!

Todos estos sucesos iban de boca en boca, ya fuera amplificados, con variaciones de tonalidades, pero al fin y al cabo un murmullo natural que era sobrecogedor. La práctica de sacar presos para fusilarlos era una guerra psicológica cuando de repente, procedían de nuevo al encarcelamiento. Podría decirse que todo esto era mentira, cosa válida en un estado de excepción, pero fue cierto, concreto y detallado, el asesinato vil del codo del diablo, como lo fue también que se conocieron los responsables, pero nunca se pensó siquiera en castigar a los que cometieron excesos en crímenes entre hermanos.

5.- ATROPELLO AL MAGISTERIO NACIONAL

En Alajuela, mi padre recibió un telegrama en que se le transfería a la Escuela de Upala y mientras hacía gestiones para el pasaje en avión, único medio de comunicación en ese tiempo, se le notificó que sería maestro en los Chiles de Grecia. Por la doble razón de que no consiguió el pasaje y el hecho evidente de que era una burla, no se fue a la frontera norte, remoto, insalubre e incomunicado lugar, excepto con Nicaragua.

Algunos dijeron, años después, haber identificado al que había enviado los telegramas por el interés que tenía en la plaza que ocupaba mi padre y por el reiterado estribillo para referirse al caso, como una graciosa concesión del gobierno de liberación nacional, para que sirviera al puesto de maestro en la frontera con Nicaragua. En fin, que para los no revolucionarios, era de esperar perder el puesto y como trabajo de consolación, el de menor remuneración posición o de situación denigrante. Amparados en la suspensión de las garantías individuales y sociales empezaron los atropellos en lo que algunos juristas, a la vista de los decretos ley de 18 meses de gobierno de facto, han llamado el mejor ejemplo de antiderecho, por las discriminación hacia los vencidos y las prebendas a los ganadores.

La mayor parte de los miembros del magisterio de aquel entonces eran calderonistas o seguidores de Picado, algunos socialistas utópicos y comunistas convencidos, seguidores de Vanguardia Popular y, básicamente, cuando no tenían bandería política, defensores de las reforma social de Calderón Guardia. No podía ser menos, pues la incipiente Universidad de Costa Rica todavía no daba su aporte cultural al país, pero los maestros si eran una amplia y sacrificada legión que exigía y defendía las transformaciones sociales iniciadas en 1940. Eran la voz pensante ante las injusticias sociales. El apoyo interno que recibieran los llamados revolucionarios provino de las oligarquías nacionales, quienes nunca aceptaron las garantías sociales del gobierno de Calderón, al afectar sus intereses y la visión obtusa de considerar el trabajo una mercancia y al hombre, un objeto utilitario.

6.- AFINIDAD CALDERO-PICADISTA Y LA PIÑATA ACADEMICA

Pero la afinidad política de mi padre estaba consolidada por la atractiva figura política del Dr. y por cierta amistad con Don Teodoro, ya que cuando fue estudiante en el Instituto de Alajuela, él era el Director; además, cuando se graduó de maestro normalista era el Secretario de Instrucción Pública. En todo caso, tal amistad, existía aunque tal vez lejana, pues una vez encontré en el fondo del baúl de la ropa, dentro de un paquete de cartas, un telegrama en que Don Teodoro agradecía el ofrecimiento del primer hijo, mi hermano Hernán.

De niño siempre oí el caso plenamente reconocido de que aduciendo no sé que derechos, todos los participante en el lado ganador de la revolución y esto extensivo hasta parientes en tercer grado de consanguinidad o al menos que no hubieran sido calderonistas ni picadistas, que tenían derecho a la obtención del grado de estudios o el reconocimiento ganado de las materias que cursaran. Los estudiantes , de lo que luego se llamó mariachis de aquella época, con orgullo decían que ellos habían obtenido el título mediante pruebas de graduación y que habían pasado al año escolar siguiente, mediante estudios.

La vida de los maestros era sumamente difícil. Mi padre empezó su experiencia docente en la escuelita de Las Vueltas de la Guácima, allá en 1935 y como recuerdo conservaba un platón conmemorativo del cincuentenario de la primera escuela y el primer maestro, que le fuera otorgado por un grupo de abuelos y abuelas lugareñas y que todavía recordaban a mi padre. Para asistir a esa escuelita era necesario viajar a pie, no menos de 12 kilómetros, pues era no sólo difícil conseguir bestias sino que costaban dinero y como se sabe los maestros de ese tiempo eran sacrificados por su mística y no se concebían como profesionales de la educación, para aspirar a un sueldo razonable.

En el gobierno del presidente León Cortés le habrían de despedir temporalmente junto a otros directores, por el sólo hecho de solicitar un recargo de funciones atendiendo un grado, además de la dirección. Don León que realizó un gobierno de varilla y cemento, al que todavía se le reconoce por su interés en las obras públicas, tuvo muy poca sensibilidad con las necesidades de los maestros, quienes de él decían: león con los de abajo y cortés con los de arriba. Carlos Luis Fallas, distinguido miembro del Partido Comunista y connotado escritor, como buen alajuelense siempre dispuesto al comentario irónico decía que el león del monumento en la Sabana, debiera tener un bombín en una mano, para que fuera de verdad un león cortés.

7.- LA VIDA BAJO LA TIRANÍA

Vinieron tiempos duros de un padre sin trabajo y una familia que mantener, y de no haber sido que mi abuelo era finquero, la hubiéramos pasado miserablemente. El engreimiento de los ganadores no se hizo esperar, los insultos eran frecuentes, al grito vociferante de ladrones, asesinos, cobardes, contra los calderonistas. Mi padre, dada la situación insostenible en Alajuela y con su familia en otra parte, decidió llegar al hogar de los suegros, a la misma región donde hacía varios años conoció a mi madre, mientras hacía un permiso de verano en la escuelita de Río Seco.

En busca de nombramiento visitó la Inspección de Escuelas de Puntarenas, dirigida por don Emiliano Odio (qdDg) y con quien tenía una amistad por pertenecer ambos al gremio de maestros. Era más que liberacionista, ulatista, y era quien designaba los maestros de su jurisdicción. Resulta claro que en aquella región eran pocos los maestros normalistas y posiblemente ninguno con la experiencia de mi padre lo que llenó de satisfacción a Don Emiliano, pues contaría con un valioso maestro. El caso interesante de relatar fue la visita de vecinos de El Tigre a la Inspección de Escuelas de Puntarenas, con un escrito pidiendo la destitución por cuanto era un mariachi reconocido. Don Emiliano al leer la carta, la rompió parsimoniosamente en pedazos, al tiempo que decía: el macho Morales se queda y dénse con una piedra en el pecho, que por mucho tiempo no tendrán una persona como él.

Vino luego un tiempo extraño, una transición de la revolución a la democracia que duró 18 meses; un tiempo en que los perdedores eran tratados con desprecio y alguien sacó del sórdido fondo de sus mezquindades y puso en acción la frase de: no les hable, no les venda, no les compre. En fin, que a la natural timidez de los niños, se sumaba un medio social hostil, pues por mucho tiempo hubo que sufrirse las burlas de otros chiquillos y las molestias de los mayores para los hijos de los perdedores. Eran tiempos duros: de la mesa despareció el cereal con leche de la mañana y por muchos años, el aguadulce fue el compañero del pan solo.

A otros les fue peor, pues estuvieron en la lista de los intervenidos, por cientos y debieron probar ante tribunales especiales, los tribunales de probidad y sanciones inmediatas, demostrar en un caso de reversión de la prueba de que, ellos eran los dueños de los bienes que decían tener. Salvo uno que otro pecadillo de muy poca monta, los cacareados tribunales fueron un fiasco, pero una clara demostración persecutoria.

8.- ENTRE LA SOCIOBIOLOGIA Y MAQUIAVELO Y LO QUE NUNCA FUE

La psicología del vencedor es denigrar al vencido como una forma de acrecentar su victoria y se hizo con ensañamiento, que cuando desaparece la ley y el orden, salta el animal que llevamos dentro. La sociobiología, tal como lo ha descrito Desmond Morris en el Mono Desnudo, el hombre no es más que un animal con amaestramiento cultural, coerción social y restricciones jurídicas, pero si se deja libre y con poder, usa la razón de la fuerza en vez de la fuerza de la razón en sus relaciones sociales. En otras palabras, ser humano no es bueno por convencimiento sino por conveniencia y en tal situación revolucionaria, si se tiene el poder es para un doble fin: humillar al contrario y beneficiarse.

Todavía está a la espera de un ensayo la interpretación sociológica de esa época, pues la mayoría de las investigaciones, cual más, cual menos, no es sino la historia oficial recreada, o con enfoques variados, pero coincidente al fin, en que, había los buenos y los malos. Los buenos ganaron y el resto es la continuación de la historia tribal de la humanidad: el vencedor oprime al vencido, física, social, económica y psicológicamente.

Ya Maquiavelo lo había señalado en el Príncipe, cuando aseguraba que sería ideal que el Príncipe fuera querido tanto como temido, pero que si tan sola una de estas virtudes debiera tener, era el miedo la única forma de ser obedecido.

Pues bien, toda mi familia en ese tiempo vivió el temor del encarcelamiento de los mayores por la única razón de no haber participado como revolucionario o por manifestar libremente sus creencias, la inseguridad del trabajo y el estigma de ser mariachis, para lo cual se usaban adjetivos peyorativos de la peor especie.

Todavía el asunto era más complejo, por cuanto la mejor parte del ejército de liberación nacional era un conjunto de soldados mercenarios reclutados en centroamérica y el caribe, la llamada legión del caribe, conformada para derrocar a las tiranías del caribe y terminaron derrocando al único gobierno democráticamente electo de la región, de cuyo presidente se dijo que era el más culto desde Alaska a la Patagonia.

El caso de un conocido cercano fue patético. Conocido por buen tomador y mejor peleador, a menudo llegaban a su casa un policía con un peleador, simplemente a provocarle, a buscar camorra. Resulta claro que en su casa negaban su presencia, para evitar problemas, pero ante la retahila de insultos, salía el hombre hecho una fiera . Se deshizo rápidamente del primero, quien aparentamendo su mala condición física se refugió en los brazos de la autoridad. En la segunda ocasión el contendiente quedó mal parado y como decían los chiquillos, le sacó el sirope, quedando con la naríz y la boca ensangrentada. Como casi mata al tercero, la autoridad lo detuvo y lo encarceló por intento de asesinato, según se dijo. Poco tiempo después la cárcel se llenó de mariachis, al igual que meses antes estaba llena de antigobiernistas. En este asunto hay que ser legal, como dice nuestro pueblo: en una época la policía aporreaba a los contrarios al gobierno y en la otra época otra policía daba de garrote a la otra mitad, también contraria al gobierno. Hubo el caso desafortunado de quien no siendo ni calderonista ni figuerista, recibió palo de los dos bandos. Las autoridades de policía, más que vigilar el orden público, actuaban como serviles del gobierno de turno, en esa fase triste de la evolución socio-política del país.

Esta gesta revolucionaria es un acto cobarde, aseguraba mi padre, pues un grupo de mercenarios o soldados de fortuna, bien armados, la llamada Legión del Caribe, pretendía derrocar a las tiranías del caribe y terminó con el único gobierno civil del área, conocido por lo maltrecho de una milicia nacional que mal podía llamárse ejército. Don Teodoro Picado, de quien alguien dijo que era el Presidente más culto desde Alaska a la Patagonia, está a la espera de alguien que le describa tal como fue: un hombre culto, con sus debilidades y fortalezas, gobernando en un período difícil de nuestra historia.

Los vejámenes fueron muchos, los asesinatos del Codo del Diablo, un triste recuerdo. Las acusaciones de robo una farsa ya que los espurios tribunales especiales de probidad y sanciones inmediatas, se instalaron para castigar delitos comunes y no hallaron culpables. Estas reacciones de prepotencia son características del ganador inculto, pero sorprende la forma extrema en que se realizaron, como una forma de castigar física y moralmente a los perdedores. De nuevo aquí, en cuanto haya un resquicio de debilidad en el estado de derecho, en cuanto haya poder sin control, el ser humano pierde la humanidad.

9.- DE VUELTA A CLASES Y DE VUELTA A LAS NECESIDADES

En el año 49, de regreso en Alajuela, me matricularon en primer grado en la Escuela República de Guatemala, la misma en la que mi padre había sido director, y siempre eché de menos la libertad natural de que disfrutaba en casa de mis abuelos, en un inocente y agreste medio rural, donde sólo había tareas ligeras que cumplir y muchas travesuras por hacer.

Gracias al cariño de la Niña Margarita, mi maestra de primero y segundo grado y quien todavía vive, pude superar parcialmente las estrecheces de esos tiempos. Aunque la escuela daba útiles escolares a los niños pobres, yo no calificaba como tal por haber sido mi padre director y de cualquier forma me tenían advertido en casa que no debía tomarlos. El resultado de la situación es que los niños pobres tenían más y mejores útiles que yo. El colmo de guardar las apariencias era que contribuía mi familia al Comedor Escolar y en razón de ser contribuyente, tampoco participaba de los beneficios de una comida diaria.

La familia quedó dividida: los que teníamos edad escolar regresamos a Alajuela a vivir con mi abuela Ramona y el grueso de la familia permaneció en casa de mis abuelos. Esto se hizo como una situación de sobrevivencia, pues con el salario de mi padre, era imposible vivir toda la familia en la ciudad. En efecto, mi abuelo sembraba granos básicos y siempre tenía alguna vaca lechando, había frutales y por tanto, menos necesidades. Por otro lado, había un núcleo de familiares en las cercanías lo que permitía el intercambio de alimentos cuando había necesidad, en un convenio de ayuda recíproca en tiempos de penuria.

Nunca me olvidaré del piso de tierra de la cocina, de una tinaja sudorosa al extremo del moledero, de la piedra de moler maíz que que mi abuela Mapito usaba para moler frijoles , instalada en el mismo tablón que servía de moledero.

La idea de estudiar en la Escuela Guatemala era de mi padre y aunque no era lo más conveniente, creo que lo hizo como un sentido de orgullo, como demostración de que si bien él había sido alejado de la escuela, no así sus hijos.

La niña Adelina, un señora pequeñita y muy gorda, era la casera y vivía contiguo a la casa. Supongo que no nos echó de la casa -ya que nunca se mantuvo el alquiler al día, porque mi abuela había sido enfermera empírica y era la encargada de aplicarle las inyecciones que le prescribía el Dr. Cortés. Sin embargo yo era el encargado de destaquear la acequia de la propiedad de la Niña Adelina, bajarle los limones agrios de los árboles del gran patio de su propiedad, botar los polluelos malolientes de un nido de zopilote que se le metían por una abertura entre el cielo raso y el techo. Lo que más me molestaba era que tenía a cargo la limpieza de un empedrado entre el caño y la calle, que debía hacer entre cinco y seis de la mañana de pura pena de que me vieran en un trabajo que sólo hacían peones de muy baja condición social.

Mi abuela Ramona, quien provenía de un tronco Sáenz y Solórzano de la ciudad de Heredia, que ella decía con abolengo, era pequeña, muy blanca, de ojos claros, pero siempre rosada por su hipertensión, tenía un carácter y un orgullo descomunal. Era corriente que cuando salía -bastante poco por cierto- a algunas pequeñas compras a las tiendas del turco Nassar, pues era costurera o a pagar una visita recíproca a algunas amistades, yo le servía de bastón y tenía el comportamiento peculiar de que cambiábamos de acera cuando por el mismo lado de la calle venía un "figueriachi". Era común en casa, los términos de mariachi para el viejo calderonismo irredento y en forma despectiva, el de figueriachi. Aplicaba la receta de no les compre, no les salude, no les hable, no les nada, a las personas simpatizantes del partido opuesto. Mi abuela, tenía un rígido código social de la Ley del Talión.

Pero no sólo mi padre trabajaba. Tanto mi abuela Ramona como mi madre eran costureras y en cuanto a los hermanos varones, nos correspondía en vacaciones hacer las actividades más variadas, desde atender un apiario en tiempos en que yo usaba pantalones cortos, hasta la recolección de algodón, en la bajura puntarenense. La revolución tuvo de bueno que me enseñó a trabajar duro a temprana edad y a convivir con los peones en la dura jornada de las ocho a las cuatro de la tarde, que para un niño de edad escolar era bastante esfuerzo, bajo un ardiente sol que resquebrajaba el suelo y limpiaba de nubes blancas el cielo azul.

Mi abuela Ramona, tenía mucha amistad con una familia liberacionista de renombre, ya que en la casa contigua vivía don Paco Urbina, y recuerdo la transferencia de viandas de manos de doña Dolly Ortega, su esposa, a través de una tapia hecha de tapas de estañones. En fín que en tiempos difíciles, el alimento atenúa el carácter y ablanda el orgullo, pero según ella, lo hacía más como un gesto de amistad que de necesidad. Como coincidencia del destino me correspondió entrevistar en su ingreso a la Facultad de Medicina a una agradable estudiante, hija de esta pareja, al tiempo que recordaba la solidaridad de sus padres hace ya muchos años.. También llegaba comida de Clara, una empleada de muchos años de la niña Adelina, por un hueco de una pared de cinc que separaba las pilas de las casas gemelas.

El tercero y cuarto grado no fueron tan agradables como los dos primeros.

La nueva maestra, a diferencia de la dulzura de la niña Margarita era de carácter fuerte, muy liberacionista y frecuentemente comentaba en forma elogiosa a los de su bando, lo que uno tomaba como despectivo para los calderonistas. El mariachi era estigmatizado y aún casi cincuenta años después, quedan todavía liberacionistas de nuevo cuño quienes hacen creer en sus actitudes y comentarios, una actitud de malsana superioridad intelectual, moral y social, casi como que genéticamente en el país, hay los buenos y los malos.

Ella nos llevó de visita a la tumba de Timoleón Morera, en la Ceiba de Alajuela, donde murió defendiendo los sacos de votos de Sabanilla, como ilustración vívida de los estudios cívicos y la pureza del sufragio, la trágica noche de las elecciones del 48 cuando la policía gobiernista amenazó con quitar la documentación electoral. El gesto valiente de defensa de la voluntad popular le costó la vida.

10.- DOS FRAUDES ELECTORALES Y LA ABOLICION DEL EJERCITO

A muchos se les ha olvidado que Don Teodoro había propiciado la elaboración de un nuevo código electoral y que como muestra de buena fe, puso la organización de los comicios de 1948 en manos de la oposición. De manera que, si alguien hizo fraude no fue el gobierno de Picado sino la Junta. De esto sólo hay pruebas indirectas, pero se hace sospechoso la lentitud del recuento electoral que exacervaba los ánimos, la quema de parte de la documentación electoral y el grito callejero de los mariachis de: ¡queremos votar!.

Curiosamente, el partido republicano que postulaba la reelección del Dr. Calderón Guardia en dichas elecciones ganó el Congreso, pero perdió la presidencia ante Don Otilio Ulate. Resulta extraño que a los estudiosos se les ha olvidado también este relevante hecho y todavía más, en las elecciones más caldeadas de de la historia cercana, donde cada uno votaría en bloque para presidente y diputados, que se hubiera "repartido" el voto. Lo que yo oí contar fue siempre que el fraude fue cometido por contubernio entre el Tribunal Suprermo de Elecciones de la época y altas autoridades del Registro Civil. Las historias de padrones incompletos, de cédulas adulteradas, del voto póstumo y otras lindezas, fueron corrientes y tal vez, más que cuentos.

Más adelante, en las elecciones que llevaron a la primera presidencia electoral de Don Pepe, en la campaña del 54, fue ampliamente publicado el caso del vehículo que se volcó, con miles de cédulas, -creo que entre Palmares y San Ramón. Siempre ese hecho suscitó sospechas y confirmó a los mariachis que las malas costumbres de los de la acera de enfrente todavía persistían, y el colmo es que alguien ha asegurado que algunos de los participantes en el delito electoral ocuparon luego altos y honrosos cargos, de lo que no doy fe, pero aseguro que se ha dicho. Ha quedado de manifiesto lo falso del pretexto de la pureza del sufragio, en nombre de la cual se dio la revolución del año 48.

La constitución del año 49 proscribe el ejército como institución regular y da las funciones de vigilancia a una guardia civil. Por alguna razón de costumbre y que ahora forma parte del mito se ha tomado como otro de los grandes logros, del 48, la abolición del ejército cuando bien se sabe que la representación en la constituyente del figuerismo fue mínima. Tal vez lo más apropiado fue indicar que se disolvió en el mal llamado Ejercito de Liberación Nacional o el detestable grupo de la Legión del Caribe. Siempre oí decir que no hubo decreto ley que así lo explicitara.

11.- EPILOGO:

Mi padre mientras tanto, rápidamente tomó el puesto de Director de la Escuela de Miramar, se hizo amigo de Fray Isidoro de Mezquiriz, el cura párroco, de Don Antonio el Alcalde, resultó entrenador el equipo de fútbol de la localidad patrocinado por Chango Ortiz, un empresario de zapatería y se convirtió en líder comunal. Poco más adelante fue Supervisor Escolar de Montes de Oro y luego de Abangares. Cuando entré al Instituto de Alajuela iría a cumplir trece años y mi padre regresó a la ciudad con el resto de la familia. Creo que no vale la pena seguir contando anécdotas, pues quien entra ya al Colegio deja de ser niño. Lo que si recuerdo del 48 es que fragmentó a la familia, nos empobreció, y redujo sensiblemente las oportunidades a la felicidad infantil.

Cuando muchos años después alcancé un alto puesto en el segundo gobierno calderonista de la historia, mi padre dijo que al fin se había hecho justicia y que mi nombramiento era el reconocimiento a los sufridos mariachis. No tuve corazón para contradecirle, empezando con que Don Rafael Angel todavía no había ni siquiera nacido en ese doloroso y controvesial año, y para mí las angustias del pasado deben abrir paso a la constante lucha del presente y a la visión idealista de que Shangri-La existe... si la buscamos. Ojalá pudiera encontrar de nuevo el cristal de la inocencia de aquellos años perdidos y observar con cuidado, en la esperanza de que aparecerán de nuevo duendes juguetones, hadas esplendorosas y unicornios de colores.

---- FIN ----

 

 

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