Dr. Orlando Morales Matamoros

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Cuentos

Derechos Reservados (© Copyright) Dr. Orlando Morales Matamoros 1997-2008, omorales @ racsa.co.cr

 
  


 
 

 

 

 

La nada.

¡De pronto, parece que todos los alrededores se iluminan... pero, es una ilusión! La música es suave, la luz no es clara y siento que sus rayos conducen mi cuerpo flácido en forma rápida e irreversible hacia la oscuridad del más allá. Me envuelvo en un denso sopor y ya no puedo hilar coherentemente mis pensamientos.

Las palpitaciones que tamborileaban en el interior de mi pecho han cesado. Posiblemente estoy más cerca del final de lo que creo, o me estoy durmiendo. Cualquiera de las dos cosas me reconfortaría: sólo quiero saber si estoy vivo o muerto. ¿Cual será mi destino?

Me recupero de un primer mareo que me ha bamboleado como borracho. No he podido mantener conscientemente la respiración y he tenido que tragar entre uno y muchos desagradables buchados de agua salobre. Lo cierto es que no puedo precisar con seguridad cuántos de ellos. ¡Vaya por Dios, qué me pasa!

El dolor de cintura en la recolección de arroz es apenas comparable al que ahora me ataca. Si... interminables surcos de arroz para nutrir el gran estómago de la ciudad, siempre vacío, listo a apropiarse del producto de mi esfuerzo y de mi sudor.

Allá en lo alto, debe continuar estática la montaña, ajena a lo que a mí me pasa. A esta hora todo debe ser quietud desde los montes donde tantas veces miré emocionado la reverberante agua plateada del golfo, y el caleidoscopio de intensos colores, de la puesta del sol.

Es curioso... venir a caer yo a este lugar, tan cerca de donde nací y donde recuerdos de mi niñez tan vívidamente se apiñan. Los algodonales interminables, como un velo blanco cubren la tez oscura de la tierra; el ganado que lento pastorea entre el jaragua y los pajonales, todo me es familiar: allí aprendí paso a paso como el trabajo duro y el esfuerzo transforman niños en hombres.

¿Cuanto tiempo habrá pasado? ¿Minutos o tan sólo unos pocos segundos? Pero, atropellan en mi mente, en tan rápida sucesión, tantos y tan desordenados hechos, que me han confundido.

No he podido averiguar siquiera si permanezco con ojos cerrados o abiertos; aunque tengo, eso sí, la certeza de que veo, aunque borrosamente, por algunos destellos que a intervalos irregulares atraviesan la oscuridad del agua. Al menos no estoy ciego. La angustia inicial de no poder mover mis miembros ni sentir mi cuerpo, más bien me causa bienestar en este momento.

No oigo ya el forcejeo desesperado ni el chapoteo infernal de hace un rato. Parece cierto que, luego de la tempestad aparece la calma; pero, esta si es de verdad una calma tan inmensa y silenciosa que uno se siente angustiosamente solo del puro temor a la soledad.

Bueno, mientras tanto haré planes futuros, al fin y al cabo a eso he venido. Puede que sea grande o pequeña, rubia o morena, podría ser hasta algo bobita, pero no tanto; al fin y al cabo sería la madre de mis hijos. ¡Qué estupidez! Pasa el tiempo y me encuentro pensando en la tontería de cómo sería la dulce compañera de toda mi vida, cuando debiera luchar por escapar. Pero, ¿cómo hacerlo? No he intentado de nuevo mover los brazos y piernas por el temor, ya que si no alcanzo a activarlos fuertemente, seré hombre muerto, tal como estoy hasta el momento.

Todavía no he pensado en que voy a morir, pero llega a mi mente la triste melodía que mis tiempos de colegial cantábamos con mucho entusiasmo aunque poco acompasados: "en el fondo del mar, estarás tal vez esperándome, y yo en las aguas tibias de un triste mar", o algo así por el estilo. Bueno, ¿pero que hago yo en el fondo del estero y quien puede estar aquí esperándome cuando lo que ando buscando es a la mujer de mis sueños en tierra firme?

El problema siguiente es cómo liberarme. Tengo 35 años recién cumplidos, pero todavía no bien vividos, porque hasta el momento no he hecho más que trabajar y trabajar para medio vivir, y últimamente trabajar y estudiar con tesón. Venía rumbo al puerto en busca de paz, a tratar de extender mi vista hasta perder la línea del horizonte en el límite en que el cielo y mar se diluyen, a pensar con calma sobre cómo planear mi vida ahora que, graduado y con un buen nombramiento, me espera un futuro promisorio. Puede ser que haya transcurrido un minuto, tal vez menos, o tal vez más, pero al menos ese agitar desesperado de piernas y brazos que me hizo sentir como pisoteado contra el suelo, en medio de una estampida de reses y todo ese barullo, que hace rato se acabó.

Tal vez tenga sólo unos segundos de vida y muy poco tiempo para escapar. He leído que sólo se puede vivir tres minutos sin respirar, tres semanas sin agua, poco menos de tres meses sin comer y tres años sin un nuevo amor. Esas leyes son naturales y por lo tanto inviolables. Hago un breve recuento de mis haberes: ningún hogar, un hijo todavía no reconocido, una carrera que promete, unos pocos amigos, y una deuda pequeña, afortunadamente. Interrumpe mis pensamientos el sabor amargo del amor no declarado, de ese amor platónico y doloroso, al saber que la casta niña de mis ilusiones era la hembra ardiente de otros hombres.

Barranca era entonces un pueblucho arrimado a la estación del ferrocarril. En las noches tormentosas en pleno invierno, me veo en la cantina "El Pochote", sentado sobre unos sacos de arroz, esperando el bus de pasajeros, lleno de humedad y lodo. Al frente, el mugir continuo del ganado que espera en los corrales el momento del transporte y más tarde el cuchillo de matarife. ¡Ha pasado tanto tiempo!

El agua fría y viscosa me causa repugnancia y miedo. ¿Cómo podré liberarme si estoy prisionero aunque sin amarras, pero totalmente inmovilizado? Sin embargo, he luchado con todas mis fuerzas inútilmente para alejarme de este sitio inhóspito. He visto la ventana abierta, pero en forma incomprensible es invisible a los otros, y aunque he tratado con todas mis fuerzas, no he logrado mover ni mis brazos ni mis piernas, por lo que soy un simple espectador, que angustiado piensa en su destino que por momentos se acorta.

No logro mover mis extremidades; los brazos no obedecen a los mensajes de mi mente y las piernas tampoco. Siento mi cuerpo, pero no puedo moverlo. Es como una pesadilla en que uno lograra desdoblarse y el espíritu mirar indiferente las vicisitudes de propio cuerpo que vanamente lucha. Alcanzo a ver cuerpos borrosos que como fantasmas pasan movidos por la corriente; oigo acompasados los tumbos de las olas.

Hay una agitación desesperada, algo así como sería colocar en un estrecho recipiente una gran cantidad de animales venenosos: todos moviéndose, todos luchando por su supervivencia. En mi caso, presionado el tórax contra un costado, mediante un asiento que me comprime, me he ahorrado todo el inútil trabajo por escapar, poniéndome, muy a mi pesar, más bien en la posición de un desesperado observador que no puede siquiera manifestar su angustia.

Se estremece toda la estructura y entre alaridos desgarradores de la gente que grita, se oye un ruido como la deglución de un gigante que traga, al producirse enormes burbujas que salen del autobús. El bus, con medio centenar de pasajeros, conducido por Cristóbal Concha, abre un surco en la orilla de la carretera, y lento y pesado, cae en la boca inmensa del estero.

Se rizan las aguas del estero con el peine eólico del vecino mar, algunos veleros se bambolean al ritmo de las olas, se oye el graznido de las gaviotas; todo es paz como un día cualquiera. Colgado del sin fin azul, sin mácula de nubes ese día veraniego, el sol ilumina indiferente el sitio de la tragedia.

 

---- FIN ----

 

 

 

 

 

 

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