Dr. Orlando Morales Matamoros

Dr. O. Morales: Índice

Tres Errores

 

Cuentos

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¡Excelente muchacho! Eso era lo que toda la gente que lo conoció acostumbraba decir. Brillante como estudiante, talvez un poquito tímido, de muy buenas maneras y de amable trato. Cuerpo de constitución atlética, sonrisa franca y una mirada inquisitiva a pesar de la suave luz que irradiaban sus ojos; casi que sobra decir que era un candidato ideal para ingresar a la Universidad. Con sólo seguir la tendencia espontánea de la naturaleza, aprobó con sobrado puntaje los exámenes de admisión, y de un momento a otro, se encontró en el lugar que pertenece a la gente inteligente y con ambiciones intelectuales.

Lo que más le impresionó fue la gran biblioteca. ¡Dios Santo, qué gigantesca, increíble e inconmensurable cantidad de libros, revistas en todos los idiomas del mundo, mapas, películas, casete, todos invitando a la lectura en seis apretaditos pisos con un silencioso rumor de cerebros latentes!

El entusiasmo vivo y la emoción de los primeros días fue diluyéndose: simplemente no podía con todo aquello. Era superior a las fuerzas de su cuerpo y al poder de su cerebro. En esa inestable situación, se dio cuenta que ese no era su lugar cuando vio que la mitad de la estantería por la que apenas empezaba, fue removida para dar campo a un nuevo cargamento de libros.

Ese fue su primer error. Inmerso en la silenciosa biblioteca consumió mucho tiempo tratando de guardar en su computadorizado cerebro todo el conocimiento que la humanidad ha dado para regocijo y felicidad de los hombres: todo el esfuerzo de siglos comprimido en toneladas de papel. Pero se volvió, no una fuente de ningún disfrute, sino más bien una dolorosa experiencia diaria. Así, en vez de dirigir su mente hacia las aguas tranquilas de la sabiduría, entró en un mar picado con corrientes encontradas y mar de fondo. A pesar de la pelea bravía, el timonel no pudo sortear la fuerza de la tormenta. Una vez, bajando por el ascensor, sintió la dramática sensación, en cuestión de segundos, de ser impulsado hacia abajo, en forma irremisible hacia las mismísimas, frías y rocosas entrañas de la madre tierra, y sudoroso, dando gritos como un desesperado, la puerta del ascensor se abrió en la planta principal.

La siguiente decisión fue probar las cosas, pero al revés. Así, se convirtió en un hippie, y empezó a recorrer calles con rifle de madera, al extremo de cuyo cañón pendían flores secas. El amor barato y fácil fue otra válvula de escape; pero, ¿ha tratado usted alguna vez de besar a alguien que ni siquiera conoce, por varias horas y hacer el amor aunque no desee, pero por la mera costumbre de hacerlo? Desagradable, ¿no? Aunque la necesidad sexual estuvo totalmente satisfecha, esa vida de hacer nada, no le ayudó mucho a superar sus problemas. Por tanto, el estribillo de hacer el amor en vez de la guerra, no tenía ningún sentido en su caso.

Luego, probablemente se preguntó: ¿qué estoy haciendo yo aquí, tratando de ser parte de la acción, aunque internamente siento que en vez de lograr algún entendimiento, más bien a cada instante siento que me alejo? Las drogas tampoco fueron la solución y aunque se sintiera transportado a los siete cielos o viajara montado en esferas etéreas, musicales y coloreadas, eso no llenó su vacío vital.

¡Destino sin sentido, vacío y solitario en la multitud! Entre más trataba de integrarse al mundo real, más se alejaba de él. Pero, ¿qué más podía hacer un guapo y atractivo macho en sus tempraneros veinte, sino preñar mujeres? Cansado, a él llegaron oportunas las prédicas del Yogui Bramaputra y pronto se unió al maestro. Después de varios años de meditación profunda, llegó a la conclusión de que en la búsqueda de la identidad en este mundo, el hombre puede caer en una inmóvil estupidez. Dijo adiós al venerable maestro de pelo largo y túnica y le dejó tumbado y sangrante de una tremenda trompada en la nariz. Pero el yogui, distante años luz de esta tierra, ni siquiera se enteró del suceso, quedando como una especie de Cristo de segunda mano en su intranscendental y estéril meditación.

Ahí estaba el eslabón perdido que él nunca pudo encontrar: el hombre es un perdedor nato y por más que trate, nunca alcanzará sus propósitos. Ud. lo ve, aunque el mundo continúa girando a un ritmo constante por los siglos de los siglos la sociedad cambia a cada paso, y en cada minuto el hombre queda atrás.

Corredores locos se espantan hacia todos lados, como mariposas veraniegas por el parque; de sur a norte y del naciente al poniente. Era uno más del montón. Si el fin del mundo habrá de venir, debo correr de prisa, la muerte del hombre está en la inacción. ¡Corre, hermano, corre con todas tus fuerzas, que por más que trates jamás alcanzarás escapar del paso del tiempo! ¡No hay escape, compañero! Nunca llegó a cansarse, aunque siempre estaba en movimiento, porque según decía, el cuerpo siempre debe estar activo y correr tanto como pueda, para conocer el mundo mientras haya tiempo. Todo rápido: una mirada ligera a las flores, no detenerse mucho en el milagro de la germinación ni extasiarse en la puerta del sol; tampoco reparar en la lluvia que cae ni en el milagro de cada día que nace. De pronto, pensó que debía modificar lo que había estado haciendo, pues el asunto no era exactamente correr por caminos preestablecidos llenos de recodos, sino hacerlo en línea recta: no en vano desde hace bastantes centurias se descubrió que la línea recta era la menor distancia entre dos puntos.

Una bella tarde, en el mismo momento en que la luz del día se extingue, pero no es de noche aún, en la hora en que los celajes cubren el océano con penachos de colores, cuando el cuerpo cansado y la mente satisfecha de las actividades del día se disponen al reposo, él estaba todavía corriendo; corriendo en línea recta, sin saber hacia adonde, pero con mucho afán, con toda la energía de su cuerpo, porque a ninguna parte había que llegar lo antes posible. Desapercibido de la belleza de la naturaleza de los alrededores y de la ilusión de que luego de una noche oscura siempre saldrá el sol, y no pudiendo describir una curva para salvar un peligro, su cuerpo describió una parábola sobre el barranco y simultáneamente con el sol, se hundió en el abismo y fue por un insignificante momento un punto apenas perceptible que cruzó la inmensa, fría y sobrecogedora soledad del firmamento.

 

---- FIN ----

 

 

 

 

 

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