Dr. Orlando Morales Matamoros

Dr. O. Morales: Índice

Ancianidad

Cuentos

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Preparándose para la semana que la propaganda de televisión llamó "Encuentro con el Pasado", José María y María José, se aprovisionaron de comida para no interrumpir la programación con una salida inoportuna. Esta era una actividad, como parte de los festejos del año internacional de la ancianidad.

Al abrir el ventanal, encontraron que en vez de luz, había una pared de concreto recién chorreada. La vía de salida también había sido bloqueada, y el par de viejos sólo pensó en abrazarse fuertemente incapaces de decidir que hacer, excepto rezar.

Hacía varios años que se habían pensionado y por un tiempo mantuvieron un precario equilibrio entre sus pocos quehaceres y alguna labor de bien social, por cierto que últimamente reducida a cero.

Afortunadamente, la respiración no era laboriosa y por lo tanto se concluía que por alguna parte debía entrar el aire, al menos suficientemente para sus limitadas necesidades. Por lo tanto, eso no era problema. En cuanto a la comida, tampoco, pues racionadas las provisiones, durarían fácilmente varias semanas. La programación del recuerdo continuó, aunque los viejecitos ya no la disfrutaron más. Alguien podría buscarles y venir en su ayuda, pero sus hijos ya crecidos, habían ido dejando uno a uno la casa paterna, casi ahogada por un monstruo de hierro y concreto. La ciudad había cambiado rápidamente, a mayor velocidad que la capacidad de adaptación de los ancianos. Es más, por esos enredos de herencia y papeleos legales, nadie se dio cuenta de que habían vendido hasta el pequeño y céntrico apartamento de los viejos, en la parte antigua de la ciudad.

En esas condiciones, aunque es evocador mirar al pasado, la urgencia del momento era la negra visión del futuro: estaban realmente encerrados en una caja de concreto. Fue sorprendente que a pesar del ruido de tractores y camiones, la hipoacusia senil les impidió advertir el peligro. No podían llamar por teléfono ya que no lo poseían. Todo esto, sin embargo, era tolerable mientras no faltó la energía eléctrica; pero, a los días se vieron a oscuras, sin televisión, ni radio; enterrados en vida. Del tubo de agua, sólo salió aire poco después, dejándoles sumidos en total indefensión y casi al borde de la muerte, encerrados en esa tumba fría, confiados en que el cuerpo flaqueara y cediera el corazón, para lograr el escape del espíritu de la cárcel del progreso.

¿Quien podría rescatarlos? Sus familiares estaban lejos y dispersos, y aquellos más cercanos los tenían en el olvido; porque los viejos sólo dan trabajo, son quejumbrosos, se vuelven aburridos, majaderos y no terminan con el cuento reiterativo de que todo pasado fue mejor.

El sitio se volvió caliente y húmedo, pues al parecer limitaba con la cocina de un hotel vecino ya que a ratos se filtraba un olor a comida. A como pudieron, marido y mujer, trabajando en equipo, empezaron a arañar con utensilios de cocina la pared hasta ir logrando cierto progreso, pero insuficiente para abrir un boquete al exterior. A veces, el par de viejos, luego de semanas de trabajo, topaban con una columna reforzada con hierro y allí terminaban los pocos arrestos al consumir sus débiles fuerzas un fútil esfuerzo. La fase I había sido de aparente indiferencia: alguien vendrá al rescate; la fase II fue: vivamos con nuestras reservas; la fase III tuvo como característica: luchemos por la vida. En plena fase III y cuando habían agotado las provisiones, lograron dar con una providencial rendija que comunicaba al tubo por el cual pasaban desechos de cocina. Al principio con disgusto, pero luego animalizados por el hambre, se alimentaban de desperdicios líquidos.

El asunto de la alimentación aparentemente sencillo no lo era tanto. En primer lugar no siempre había alimento, a veces era principalmente jabón y también había que seleccionar bien lo que se comía, en el sentido de escoger por ejemplo un caldo de carne o un resto de macarrones en vez de una mezcla de ellos.

Con el correr de los años, el aprovechamiento de los desechos líquidos que se escapaban de la basura de la cocina los mantuvo vivos, hasta que un una remodelación del hotel, demolieron esa parte y para sorpresa de todos, se encontraron con dos humanoides olvidados del mundo, desnudos, blancuzcos y con apariencia de animales, ciegos y dando chillidos por el azote de la luz, cubiertos de moho, malolientes y desdentados.

Sin embargo, lo más desagradable de todo fue la noticia del diario amarillista de la tarde: seres prehistóricos del tiempo de las cavernas aparecen en la excavación del hotel El Edén. Serán recluidos en el Jardín Zoológico de Santa Ana.

 

---- FIN ----

 

 

 

 

 

 

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