Dr. Orlando Morales Matamoros

Dr. O. Morales: Índice

Esperanza

Cuentos

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Calculo que podrán tener cerca de setenta y cinco años bien cumplidos y a pesar de ello, todos los días aguardan pacientemente la llegada del tren en la desvencijada estación. La pareja tomada del brazo, sirve el uno como bastón del otro y trastabillando, arrancando piedras calle abajo, descienden desde una casuchilla a la par de la ermita, rumbo a la estación.

Estas caminatas se repiten por lo menos seis veces al día, conforme al itinerario del tren. La algarabía de esa horas es grande: la gente va y viene, las vendedoras de gallos ofrecen orgullosamente las viandas de su cocina por todo lado, los alborotos recubiertos de miel son deliciosos y los preferidos de los niños; aguadulce y café, todo expuesto en forma agradable y diligente, en los pocos minutos disponibles mientras parte el tren.

Los ojos ya escondidos entre las arrugas de la cara, miran sin embargo con gran expectativa, haciendo que a base de fe se vuelva a la realidad lo imposible aunque sea por unos instantes. La distancia de la ermita a la estación sería de unos trescientos metros, lo cual facilitaba esos desplazamientos diarios ya que el oficio de los viejos era cuidar de la pequeña iglesia y de su jardín.

¡Y cómo no iba a ser ese un sitio inolvidable! De allí partieron todos sus hijos: el mayor hacia los bananales de Palmar Sur; y la hija, en busca de un buen empleo salió en dirección opuesta, hacia la capital. Allí también se embarcó el hijo menor, demacrado y delirante, rumbo al hospital.

Al peón bananero se lo comió el clima y allá quedó abonando distantes tierras: de parte de la hija, cada año regresaba con unos panzoncillos y así por seis años consecutivos, hasta que no volvió jamás. El menor regresó más delgado, frío, con la mirada perdida, dentro de una caja de madera.

Resulta conmovedora la interminable espera de los padres por sus hijos. Esa conducta no tenía nada de anormal, si no fuera porque desde hace muchos años, el tren dejó de circular por esa región montañosa. La vía fue rectificada para entroncar con un ramal recientemente construido, proveniente del nuevo puerto. Ya no se oye entonces el bullicio de las tardes y de las mañanas al llegar el tren, el silbato de la locomotora abandonó para siempre la escena bucólica de ese pueblecillo rural.

Pero, el par de viejos, sincronizados por el reloj de la esperanza, vuelven una y otra vez cada día a la estación, en la inútil espera por el regreso de sus hijos. Cada viaje es una muda procesión con rogativas en que piden al tiempo que se los devuelva.

 

---- FIN ----

 

 

 

 

 

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