Dr. Orlando Morales Matamoros

Dr. O. Morales: Índice

El Ojito

Cuentos

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"Allá en el monte había un ojito, se hacía grandote y se hacía chiquito, porque el ojito era jugador". De esta cancioncilla para niños existen muchas versiones, aunque la tradición todavía no ha dado el reconocimiento sobre su origen. Desde el tiempo de los chorotegas y mucho antes de la llegada de los españoles a estas tierras indígenas, dos ingenuos jovenzuelos, mientras cazaban, lo descubrieron. Era un naciente límpido, un espejo en que mirarse; pero, curiosamente, algunos lo veían oscuro: un charco cualquiera; los otros, de conciencia oscura, nunca lograban verlo.

Además de esta propiedad de transfiguración, y de estar en la cima del cerro, nunca se secaba en el verano a pesar de que con la severidad de la estación seca, los pozos de los bajos se secaran. En un tiempo sirvió para comprobar la virginidad de aquellas indias que debían participar en ritos sagrados y cuya pureza era indispensable para no ofender a los dioses, ya que se oscurecía ante la presencia de la mentira.

Los conquistadores, ávidos de oro y requezas, no pudieron verlo y llamaron a los indios mentirosos. Sin embargo de Nicoya y alrededores, eran frecuentes las filas de indios que desde Matmbú, Curime y Quirimán se encaminaban hasta el cerro del ojo de agua, que clasificaba a las personas y dirimía en los juicios, porque según la conciencia de cada uno, le veían desde claro y límpido, oscuro o barrialoso o se le hacían invisible.

Como a pesar de la bendición a distancia que hizo el cura, de puro miedo de que vieran que el agua en su presencia podría enturbiarse; y los indígenas más confiaban en el ojito que en la religión, se aprovechó una gira evangelizadora que hizo el Sr. Obispo para, invocando cánticos sagrados, silenciar la fuente. Agitado por la ira porque tampoco pudo verlos, lo que consideró una burla para un alto dignatario de la Iglesia o bien cosa demoníaca mandó a clavar tres grandes cruces para quitar el sortilegio. Como los indios seguían visitando al ojo de agua, el cura les llamó herejes.

Las autoridades militares, al ver que las romerías al cerro del ojo de agua persistían, creyeron ver en esto un acto de rebeldía y llamaron a los indios facinerosos.

Aunque, hoy se llame Cerro de las Cruces, cuando le veo envuelto en las llamas frescas del atardecer, haciendo contraste con el claroscuro del poniente, pienso que es mejor que nadie conozca la verdad, porque de todas maneras, a como están estos tiempos, cada vez menos lo pueden ver, y nadie quiere que un ojito de agua le cante cuatro verdades.

 

---- FIN ----

 

 

 

 

 

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