Dr. Orlando Morales Matamoros

Dr. O. Morales: Índice

La Llegada Tardía

Cuentos

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Todo empezó como empiezan las cosas sencillas; y en este caso, con una llegada tardía.

La ciudad había crecido y alrededor del viejo cascarón central, lleno de casas de madera con tachos herrumbrados, ya crecían pesados edificios con apariencia de dinosaurios que acabaron dispersando a los pobladores hacia la periferia.

Aire puro, verde prados en las colinas del valle y una vida tranquila los fines de semana, para reponerse de las tensiones de los días de trabajo.

Tal parece que en las mañanas es harto difícil despertar, aunque el reloj biológico ponga final al sueño y nuestro reloj humano tienda a dejarnos entre el tibio ambiente de las cobijas, la oscuridad del cuarto y el acogedor silencio del hogar. Luego todo se vuelve carreras desesperadas: que el baño, la barba, el desayuno, la comida del perro, asegurar la casa y a todo gas, salir con rumbo al monstruo bullicioso de las mil cabezas.

No era aconsejable para nadie llegar tarde, mucho menos para el jefe de personal, sobre todo cuando la compañía insistía en que había que predicar más con el ejemplo que con la palabra. Por otro lado, las llegadas tardías y las ausencias inmotivadas estaban en el rango de causales de despido, lo que se hacía sin muchas contemplaciones en momentos de inflación y de depresión en las ventas.

En las tardes no había tal congestión de carros y el denso tránsito abandonaba la ciudad con mayor concierto que como entró por la mañana.

El mayor problema era cruzar la ciudad, y quedar atrapado entre un par de semáforos detenidos en rojo por largo tiempo en medio de una fila compacta en una cuadra, lo cual le provocaba gran angustia. El tiempo pasaba y cada vez más carros se apiñaban, y había bocinazos y gritos y choques y un desasosiego total capaz de pulverizar los vervios del más templado. El reloj marcador de la empresa no atendía razones.

Me pasará una vez, pero ninguna más - se dijo.

Si el avance por el centro de la ciudad era lento y con frecuencia imposible, una buena estrategia era tomar por calles secundarias, donde el tránsito era más fluido. Interesado en el asunto empezó a razonar así: debe haber una sencilla relación entre el tiempo, el espacio y la velocidad. En efecto, para una distancia dada el aumento de velocidad reducía el tiempo, lo cual es obvio, pero no se aplica siempre. Por tanto, optó por tomar rutas periféricas y viajar a mayor velocidad. Pero el asunto, año con año se volvía más complejo porque la ciudad crecía, y al desplazarse hacia la periferia, volvía centrales a las calles periféricas con tanto trajín de carros. Esto conllevaba el problema de que si quería mantener un tiempo fijo de llegada al trabajo, debía cada vez viajar a mayor velocidad.

Pasó una vez que, explorando, se internó por caminos vecinales, pasando el límite de la ciudad. Y vio salir el sol, a las mariposas abandonar los charcos al paso del automóvil, a la lluvia pura y con una realidad que mojaba, se sorprendió del despertar de las montañas cuando se quitaban la cobija de nubes. Otro día se entretuvo observando la preparación del terreno para la siembra y sorprendido vio los caminitos verdes, recién peinados de los cultivos. ¡Otra llegada tardía!

¿Y qué habría más allá? Los caminos se poblaron de caballos y vacas, perros y gallinas que corrían ahuyentados por el ruido del motor, que cada vez se estrechaban conforme se hacían más barrialosos y distantes.

Y resultó que ya nunca más pudo llegar a tiempo por su tozudez en demostrar que: aunque estuviera lejos, por más lejos que fuera, siempre podría llegar temprano, aumentando la velocidad.

Y atravesó la campiña, cruzó los montes y se internó en la selva. Se encontró con tigres disecados y con osos de peluche de ojos vidriosos. Una culebra de pelo permanecía amenazante y estática arrollada en un árbol, había pájaros suspendidos en el aire, totalmente quietos a pesar del vendaval. El viento fuerte se oía distante y no lograba agitar la hojarasca. Se introdujo en un río caudaloso con peces de colores y cocodrilos de cera con colmillos desnudos, todo tan de cerca e irreal como si fuera un museo. Pasó luego por el desierto, lleno de nada viviente y de esqueletos, con un sol calcinante y un camino que no tenía fin.

Y ésta es la breve historia de quien, por querer llegar temprano, no llegó jamás.

 

---- FIN ----

 

 

 

 

 

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