Dr. Orlando Morales Matamoros

Dr. O. Morales: Índice

La Campana

 

Cuentos

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Podría pensarse que allí posiblemente la tierra girara más lentamente. Sobre el campo yermo y el pueblo inmóvil, se ha suspendido un cúmulo de nubes oscuras preñadas de agua, pero que se resisten a caer. El aire estático espera inútil el empuje del viento y parece aprisionar a los animales y a las plantas con tenazas invisibles. El calor crece desde la mañana a la tarde; retuerce las hojas resecas y el ruido de chicharras da una sensación de movimiento. Los cuerpos se mueven con lentitud y aunque uno pensaría que la sudoración fuera una dinámica actividad, apenas si brota, al establecerse un precario equilibrio entre la conservación del agua y la perdida al ambiente.

Era un pueblo sin nombre y sin destino en la vasta extensión del paisaje. Fuera de la rutina diaria de levantarse, comer y medio trabajar, poco había que hacer. Había uniformidad en la inacción y cargaban indiferentes el estigma de desconocidos. Las pequeñas diferencias entre los hombres no trascendían, eran apenas simples tonalidades de un mismo color. Así, no habiendo personajes destacados, era un pueblo sin historia, sin presente ni futuro. A falta de que alguien individualmente le diera fama y honores, nadie sabe como, pero lo cierto es que el pueblo se decidió por una empresa común, tan grande como sus fuerzas y mucho más. Si lo que querían era llamar la atención del mundo, lanzar un desgarrador grito a los cuatro vientos de, ¡aquí estamos, aquí somos!, nada mejor que erigir una gigantesca campana, tan grande que cobijara a todo el pueblo, a todos por igual. Si bien es cierto que cuesta mucho poner un cuerpo en movimiento, es difícil también detenerlo, tal como lo encontró Galileo y más tarde lo corroboró Newton; comprobado también por los psicólogos en el plano individual y por los sociólogos de masas.

Todo fue cuestión de que los hombres sudaran, para despertar el torrente de agua suspendida en las alturas. Al moverse los hombres se logró independizarlos de la presión atmosférica que los tenía contritos y sumisos contra el suelo. Sopló el viento, refrescó el ambiente y llevó a lejanas tierras el mensaje de que algo estaba ocurriendo.

Lo sorprendente de todo aquellos era que a primera vista no había medios y poco tiempo para el esfuerzo común de construir la gran campana, pero el quehacer de los hombres mueve vientos, hace germinar las semillas y logra la aparición matutina del sol.

Imagine usted el tañido hermoso, un poco grave quizá - aunque no menos dulce - las ondas gigantes que estremecían los montes y despertaban a los pueblos distantes también narcotizados por la rutina. ¡Somos! ¡Aquí estamos!

Las fuentes brotan de las rocas; los eriales se han transformado en vergeles; canta el viento y cae suave la lluvia. El sol brilla tibio y claro, enmarcado en el sinfín azul. ¿Qué no puede el empuje del hombre? La conquista de los mares, la invasión de la selva, la búsqueda y solución de los misterios de la tierra, la exploración del espacio, toda ha sido fruto del binomio cerebro-hombre.

Fundida la campana, vino otro problema, ¿que era una campana gigante a ras del suelo, cuando todo el esfuerzo fue búsqueda de altura, que se elevara y llevar a todo el orbe el orgulloso tañido?

El diseño de la gran torre pudo haber sido burdo, pero remedaba un templete con su fuertes columnas hacia lo alto, coronada por la cúpula-campana. Se hicieron unos ensayos preliminares que atrajeron a todo el pueblo. El primer grupo de diez, cinco hombres y cinco muhjere con dificultad movieron el badajo; se le sumaron luego otros diez y en grupos sucesivos fueron multiplicando su fuerza hasta que miles de hombres dieron un tañido vigoroso que hizo temblar la tierra. Esas manos, tomadas del badajo como náufrago en la tempestad, como triunfadores con su trofeo, divulgaron la noticia de su logro.

¿Que era ese ruido que hacía caer la lluvia, que resquebrajaba montes y hacía en su furia titilar las estrellas? Cuando todo el pueblo en un éxtasis, ensordecidos como autómatas golpeaban con toda fuerza la campana, se desprendió la cúpula y comprimiendo cuerpos en su veloz caída, calmó sus vibraciones con sangre y carne mortecina de todo un pueblo, retenido en sus entrañas.

Cuando ya los pueblos vecinos organizaban expediciones para conocer el origen del ruido infernal, en forma tan inesperada como comenzó, así desapareció. Total que, en búsqueda de la inmortalidad, el pueblo quedó enterrado en el anonimato para siempre.

 

---- FIN ----

 

 

 

 

 

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