Dr. Orlando Morales Matamoros

Dr. O. Morales: Índice

El Agua de la Vida

Cuentos

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Por los siglos de los siglos, hombres y animales hacían el peregrinaje anual en busca del agua. Bajo la cubierta estéril y rocosa, a muchos pies de profundidad se hallaba un manto de agua que, en ciertos sitios favorables el hombre había puesto a su servicio. Cada pozo era como un potente imán, una lucecita que atraía a cuanto ser viviente se encontrara bajo su influjo.

Los estudios han sido concluyentes al explicar la debida disposición de los pozos, los que sin orden ni concierto aparente, en realidad distaban diez kilómetros aproximadamente uno de otro, y se orientaban desde los montes hacia el Lago Dulce que ocupaba el fondo de la depresión del valle.

Desde los tiempos bíblicos, los pastores han reconocido la sabiduría de la naturaleza porque conforme se acerca el invierno, los pozos se van secando en las alturas y la nieve deja sin brizna de pasto a cabras y ovejas. Es entonces cuando hombres y animales van bajando hacia lugares menos fríos y con suficiente agua. Luego del invierno, el agua de la nieve derretida vuelve a subir en nivel en los depauperados pozos. En ese momento se inicia el viaje en dirección inversa, del llano a las alturas, donde abunda el agua y aparecen manchones verdes del pasto.

En armonía con la naturaleza, cuando la sudoración concentra los humores de su cuerpo, el hombre al igual que los animales, instintivamente buscaba los pozos donde saciaría su sed.

Sucedió una vez que en esta romería anual, un pastor desorientado mientras arreaba monte abajo sus animales, no pasó por el pozo correspondiente del rosario hídrico entre el lago y los montes.

Pasó de largo creyendo que era un espejismo y apuró el paso cuando vio que la noche se le echaba encima. Al día siguiente, y luego de mucho caminar, las cabras y ovejas muertas fueron señalando la ruta equivocada hasta que alcanzó desfalleciente el siguiente pozo, e introdujo las manos en una agua que tenía la consistencia de la arena y los animales se negaron a beber el agua sólida con sabor a tierra.

Deshidratado y febril, trató de reposar sus cerebro y pensar en la nieve del invierno, en el frescor de las tarde otoñales, en el reanimante sabor del agua. Volvió a reanudar la marcha; más abajo estarían otros pozos y tal vez el lago.

De nuevo salió el sol y las rocas empezaron a resquebrajarse al paso de cada nube. El ardor del mediodía redujo su paso, pero no su sed ni sus ansias de encontrar el agua. Cuando el final de ese día estaba cercano, y el límpido azul tornose en caprichosos parches de colores, pensó en otro espejismo. Los animales emprendieron veloz carrera y allí quedaron en el verde oasis, en el agua vital, anclados y saciando su sed.

Y desfalleciente, tendido sobre la arena observó que los animales saltaba, sintió que a él llegaban gotitas frescas, vio un sol moribundo reflejarse en el agua y con la boca reseca y la mirada hundida, resoplando la arena, sin siquiera voltearse, se dijo que un espejismo no le engañaría por tercera vez.

 

---- FIN ----

 

 

 

 

 

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