Dr. Orlando Morales Matamoros

Dr. O. Morales: Índice

Amor Fraternal

Cuentos

Derechos Reservados (© Copyright) Dr. Orlando Morales Matamoros 1997-2008, omorales @ racsa.co.cr

 
  


 
 
 

 

Verde y húmedo, el pasto del parquecillo esquinero, perfumado apenas por el aroma de los macizos de flores que eran agitadas por una suave brisa. Tibios rayos de sol arrancaban destellos iridiscentes sobre las gotillas de agua posadas sobre las hojas y las flores.

Perdidos en un arbusto, podado con gusto por mano habilidosa, varios pajarillos, acudiendo al llamado de las primeras lluvias, iniciaron con trinos dulces el ritual del cortejo amoroso.

¡Linda tarde! - me dije yo. Luego de los primeros aguaceros, la salida del sol y la reanudación de las actividades cotidianas insufla de vida a la urbe que se agiganta día a día, empequeñeciendo a sus moradores.

De súbito, dos chiquillos aparecen abrazados al doblar la esquina, en una forma que se diría natural y llena de amor fraterno: se recostaron en un pradillo inclinado cubierto de zacate, que separaba los macizos floridos de la pajarera verde de los arlustillos, y que hacia adelante moría en el concreto de la acera. El cuadro del hermano mayor protegiendo al desvalido, es csi un estampa bíblica y siempre que lo veo me refuerza el ideal perdido del amor al prójimo y la protección al débil.

Veo que se ponen de pie sin causa aparente y se miran, con malos ojos según deduzco por sus gestos, talvez entrecruzan algunas palabras, pero no puedo precisarlo debido a la distancia.

-Mira, le digo a mi compañera: van a reanudar el camino.

-¿Y qué?- me responde ella, ajena a mis pensamientos.

Se agita de pronto el brazo del jovenzuelo más fornido y aprieta el cuello con lentitud y placer hasta que hace mover al chico desmedrado y como reacción telemétrica me hace saltar del asiento.

-¡Que juego más tonto, coger del cuello a su compañero!

-¡Son cosas de niños, ya pasará!

Sin embargo, la tenaza de carne y hueso se cierra con ambas manos estableciéndose ahora una fuerte lucha, acompañada de pataleos y gemidos.

-¡Que lo va a matar!- grito yo desesperado.

Ella me calma y ríe: -así son los niños.

Indiferente, trato de volver la cara hacia otro lado y pierdo por instante mi vista en una nubecilla algodonosa que el viento modela a su antojo.

Los gritos del chicuelo, ya desgarradores, me hacen volver la cabeza a pesar de mi voluntaria resistencia, hacia el parquecito florecido. No hay, como era de esperar, el grupo de curiosos atentos a la desigual pelea. Cada cual sigue su camino y más bien diría que el campo de lucha queda desolado y libre de obstáculos: sólo destacan los protagonistas.

Con un ligero quiebre de cuerpo se le retuerce el cuello, el otro dobla las rodillas y cae al suelo. Cuando yo creía que se acababa la lucha, el mayor, embravecido, le golpea sin piedad.

-¡Por Dios, debemos separarlos!

-¡Déjalos en paz, ya pronto nos iremos!

-¡Es que no hay ojos que vean y oídos que oigan!

Se oyen gritos desgarradores y los fáciles golpes del oponente erguido llegan ante un contendor agotado, el cual extiende vencido brazos y piernas, quedando a merced de su atacante. Levanta ahora el vencedor una piltrafa humana y de un certero movimiento, tíralo exánime entre las flores.

Vibra la tierra con un movimiento que recuerda el orgasmo que genera al hombre, se siente una vibración como la contracción dolorosa de una matriz al dar a luz, algo así como el estertor postrero del moribundo. Píntanse celajes de llameantes colores; los transeúntes, autómatas invidentes esclavos de la ciudad, caminan sin rumbo.

Arranca silencioso y se pone en marcha el tren del no retorno que, plácido y veloz, cruza el reino de los hombres y que nos lleva con rumbo al olvido.

 

---- FIN ----

 

 

 

 

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