Dr. Orlando Morales Matamoros

Dr. O. Morales: Índice

El Circo

Cuentos

Derechos Reservados (© Copyright) Dr. Orlando Morales Matamoros 1997-2008, omorales @ racsa.co.cr

 
  


 
 
 

 

La aparente alegría del circo más bien me transmite una tristeza enorme. Los payasos hacen reír con sus piruetas grotescas, pero al terminar la función, son hombres acabados en que la sonrisa esboza apenas una mueca. Veo a las fieras desnudas de su agresividad, tan sólo un remedo de la bestia que debe luchar por su supervivencia en la selva traicionera o en la sabana calcinada por el sol. Bajo la masa muscular y el rostro frío del trapecista, un corazón late acongojado del temor a la altura. Para reafirmar todavía la imagen lúgubre de la mundana diversión circense, recuerdo el caso del pobre diablo que comía vasos de vidrio y navajillas y que murió como era de esperarse: de múltiples ulceraciones en el tubo digestivo que le provocaron una fatal hemorragia. Ya desde un tiempo atrás se le veía pálido y su cara tomaba un tinte verdoso cuando a la hora de ejecutar su acto, el público vigilaba atento a que se echara los pedazos a la boca y los curiosos se acercaban para comprobar que en efecto se tragara el vidrio. ¡No se puede engañar a quien paga su boleto! No había truco: si lo hubiera habido, a estas horas no estaría muerto.

Siempre que el circo llegaba a la ciudad, empezaba la desaparición de perros y gatos, lo cual hacía que, desde el montaje dela carpa y mucho antes de que la alegría prendiera en los niños, en muchos adultos ya había un sentimiento de disconformidad. ¡Y con sobrada razón! Había que alimentar a los grandes carnívoros: tigres, leones y demás felinos, proceso que se hacía durante la noche. Por otra parte, los elefantes recibían su diurno cargamento de pasto a pleno sol, que las cosas honestas se hacen a la luz del día..

a los jóvenes les llamaba la atención la pequeñez anatómica de la enana del circo, sobre todo el contraste con su novio: el hombre fuerte.

Quien sabía como Ferlini, el Gran Ferlini, el hombre fuerte, se enroló en el circo. Lo cierto es que se llamaba José Rodríguez y lo único que poseía era un mastodóntico cuerpo, que sostenía un cerebro pequeño y un alma vacía. Aprendió fácilmente el acto de las pirámides humanas, aquélla en la que su acción era sostener una masa vibrante de carne humana y, en general, participaba en los actos de fuerza bruta. Al llegar a los cuarenta años y luego de viajar por América visitando ciudades menores y puebluchos llegó convertido en el hombre fuerte. Tal parece que debido a la natural pérdida de reflejos, en forma involuntaria, trastabilló e hizo caer a un equilibrista, el mismo que ahora vende entradas en la casetilla, sentado en una silla de ruedas. Ya que los músculos del cuerpo perdían fuerza y las articulaciones de las piernas se volvieron inseguras, pues nada mejor que fuera la caja torácica quien soportaba ahora el peso del trabajo. El dueño del circo sabría de anatomía casi nada; pero si vio, en un abrir y cerrar de ojos, la manera fácil de sacarle provecho a esa mole de carne y hueso.

Todo fue cuestión de empezar. Probó con tres, luego cinco hombres hasta llegar a diez, que apretujaban sobre una plataforma de madera sobre el tórax del gran Ferlini que, acostado inflaba sus pulmones con todas sus fuerzas y tensaba sus músculos para soportar el gran peso. Trató luego que un camión vacío le pasara por encima y más tarde con una voluminosa carga; pero, la verdad sea dicha, la gente que en un principio le aplaudió, ya estaba aburrida de tales manifestaciones de fuerza. La pasión de José Rodríguez era su cuerpo, el cual exhibía orgulloso encerrado en unos cortos pantaloncillos y una delgada camiseta, lo que visualmente aumentaba su ciclópea estructura muscular.

¡Y qué más podía hacer una persona de cabeza pequeña, escaso pelo y muy poco seso! Confesó una vez lo mucho que sufría por la falta de aplausos y el temor, ese miedo inconmensurable de que en la fase emocionante de la prueba, se oyera que se quebrantaban las costillas y que los músculos cedieran ante e peso de la prueba. Y todavía otro temor: los años no pasan en vano y en poco tiempo sería una osamenta grande envuelta en un pellejo fino, el hombre feo del circo, el terror de los niños. Sin embargo, en las veladas infantiles siempre se lucía y dejaba boquiabiertos a los miembros de la tropa infantil que, con asombro, veían como soportaba el peso de diez, veinte, luego treinta y más niños, encima de la plataforma colocada sobre su pecho. Con los niños también se podía utilizar con disimulo el apoyo de sus codos, que a manera de soportes auxiliares, daban alivio al oprimido pecho.. sucedió una sola vez que en el punto culminante de la prueba y cuando el máximo de niños empezaron a moverse rítmicamente y continuaron haciéndolo hasta que cesó la melodía.

Luego vendría la parte vivificante del acto, en que el hombre fuerte se ponía de pie y saludando a la multitud con leves inclinaciones hacia adelante, recogía con los brazos los aplausos de los niños. Pero esta vez, el hombre no se levantó. Nadie escuchó ni un gemido, tampoco se oyó el tan temido crac, que quedaría oculto en la algarabía de los niños y en el trasfondo de la música. El hombre fue rápidamente removido del lugar y la escena siguiente de los payasos, iluminó de nuevo el rostro de los niños.

---- FIN ----

 

 

 

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